Vivos de los Muertos
"Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo." — Efesios 2:5
El cristianismo verdadero no es una mejora moral—es una resurrección.
Antes de Cristo, caminábamos en tinieblas, esclavizados por el pecado y guiados por nosotros mismos. Seguíamos costumbres, reglas y enseñanzas de hombres, pensando que servíamos a Dios, mientras que en verdad estábamos muertos por dentro.
La religión puede pulir la tumba, pero solo el Espíritu da vida.
Nacido de Agua y del Espíritu
Jesús dijo, "El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Juan 3:5). Nacer de nuevo es pasar de muerte a vida—de conocer acerca de Dios a ser hechos vivos por Él.
Cuando el Espíritu Entra
Cuando el Espíritu entra, todo cambia.
Las cosas que una vez amamos pierden su control. Las voces del miedo, el orgullo y la amargura se vuelven silenciosas. Un nuevo corazón comienza a latir—uno que desea agradar al Padre, no impresionar al mundo.
"De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." — 2 Corintios 5:17
Sostenido por la Rendición
La vida cristiana no se sostiene por la fuerza de voluntad sino por la rendición. Cada día, crucificamos el viejo yo y vivimos por fe en el Hijo de Dios (Gálatas 2:20). Ya no buscamos "pertenecer" a sistemas o títulos, sino solo a Cristo, quien nos levantó de la muerte.
Vivos en Él, ya no tememos la muerte—porque ya hemos muerto y resucitado con Él.